sábado, 24 de julio de 2010

El Cojo Manteca

Estaba mendigando por Madrid en 1987 y por las calles discurría una manifa de estudiantes. Sus ganas de protestar por una vida desdichada después de su trágico accidente, le llevó a unirse a la marcha. El clima reivindicativo y sus muletas le animaron a romper farolas sin saber que ese gesto le marcaría para siempre. La televisión lo elevó a símbolo de aquellas proclamas pero no consiguió apartarle de la marginalidad. Su apellido y su discapacidad combinaron perfectamente para crear su apodo: El Cojo Manteca. No llegó a la categoría de juguete roto pero su ascenso y caída eran más que previsibles. Vivió rápido e intenso como aquel fogonazo eléctrico que recibió siendo un chaval. El SIDA se lo llevaría con 29 años.

En otra capital, en Bilbao, ese 23 de enero de 1987 también hubo una manifestación estudiantil. Yo, al contrario que Jon Manteca, era entonces un joven estudiante. Yo no era minusválido pero también recorrí las calles detrás de una pancarta como él sin tener mucha conciencia de "nuestra" reivindicación. Me resulta curioso recordar cómo después tuve que correr para escapar de la carga de la recién estrenada Ertzaintza (policía vasca). Un ejemplo de cómo a veces te ves envuelto en situaciones peligrosas sin comerlo ni beberlo. Recibir un porrazo o un pelotazo en el cuerpo sin saber por qué estaba allí junto a miles de jóvenes, hubiera sido del todo absurdo. O tal vez no y respondería a la frase de Jean Cocteau:

"La juventud sabe lo que no quiere antes de saber lo que quiere".




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